Donde late la historia

Un recorrido por la Catedral del Tango, un espacio de culto a tradici贸n olvidada del arrabal

04 Octubre de 2017

Es dif铆cil creer que detr谩s de ese par de puertas de vidrio y fierro maltrechas, escoltadas por el escritorio desvencijado que antecede las altas y despintadas escaleras de material y chapa, nos espere un aut茅ntico santuario.
Y es que la Catedral del Tango es de esos lugares que uno no cree que existan ya, y por eso, parad贸jicamente, devuelve a sus invitados la fe en la voluntad por la conservaci贸n de la historia y por ese esp铆ritu bohemio y de arrabal que por fuera de sus parece, parece extinguida ya.

Ubicada sobre la calle Sarmiento al 4006, Almagro, la Catedral se esconde tras esa fachada de antiguo club barrial, imperceptible, bajo unas luces de ne贸n con las palabras: 鈥渢ango鈥 – 鈥渇olklore鈥 que nos reciben custodiadas por un recepcionista casual, cigarrillo en boca, que nos pregunta si venimos a tomar clases o solo a visitar.

 

 

Y es que la Catedral funciona no solo como espacio en el que circulan formaciones que a lo largo de la semana se presentan en los n煤meros nocturnos, sino que, previamente al espect谩culo, se puede disfrutar de una clase de baile para aquellos que lo deseen.

Los lunes, mi茅rcoles y jueves, la entrada tiene un costo de $80 la general, y de $100 con la clase incluida, valor que adem谩s conserva el resto de los d铆as, t贸mese la clase o no. Los martes, son los tradicionales 鈥渄铆as fuertes鈥 en los que semana a semana se congregan no s贸lo los artistas itinerantes de la zona, sino tambi茅n quienes adoptaron el ritual semanal de la visita, a la misa de arrabal.
Iluminada tan solo por un antiguo y peque帽o velador, nos alejamos de la recepci贸n cuesta arriba por las escaleras, hasta llegar a una peque帽a sala con piso de parqu茅, que antecede al gran sal贸n.

Entregamos las entradas a un segundo recepcionista que nos invita a pasar a trav茅s de un breve pasillo resguardado por un vieja y alta cortina de pana negra. Detr谩s, un gran y amplio sal贸n de techos tan altos como el de un antiguo galp贸n industrial, se abre a una amplitud escondida por la luz tenue del ambiente.
Se escuchan las primeras piezas musicales de la noche, amplificadas gracias a los altos techos y el piso de parqu茅 extenso que rechina y murmura cada uno de nuestros pasos al avanzar. Hay un olor caracter铆stico en la Catedral, de entre mezclas culinarias, salsa y especias, y la humedad propia de la antig眉edad que, junto a los rastros de sahumerio, se mezclan al pasar.

 

 

El gran sal贸n se divide en tres grandes sectores. Al fondo y amplia, se extiende la barra de pared a pared, un tercio de cuadra donde los mozos se alistan para atender y cuyas paredes traseras se erigen en una decoraci贸n nada planificada, con botellas de vino y vasos y copas.

El segundo gran sector est谩 compuesto por el amplio sal贸n, que amueblado con mesas y sillas asim茅tricas (elaboradas a veces con cajones de cerveza y tablones) se extienden en forma de 鈥淯鈥 rodeando lo que ser谩 la pista de baile, iluminada m谩s que el resto del sal贸n, por una gran corona de luces de colores dispuestas en c铆rculo sobre los bailarines.

Construido como un gran altar se encuentra el tercer sector, el de culto: el escenario. Es una construcci贸n irregular y desprolija, casi fr谩gil, de tarimas negras que sostienen pies de micr贸fonos, rodeadas por una enorme bandera argentina que pareciera abrazar, en su centro, la enorme y elevada imagen del rostro de un Carlos Gardel sonriente y brillante, a pesar de la opacidad y el polvo que lo recubre.

Al momento de sentarnos, un mozo moderno se acerca con una botella que contiene en el pico, y por encime de la cera derramada, una vela que nos acompa帽ara el resto de la noche, al cuidado de lo que parece ser la figura de un gran coraz贸n suspendido en el aire, confeccionado de tela roja y alambre, percudido y desalineado, coraz贸n de tango.

Ese es sin dudas, el instante en el cual es posible admirar a lo largo y a lo ancho, en cada recoveco y esquina, a lo alto de lo inasible, objetos de los m谩s variados dispuestos sobre las paredes arbitrariamente, casi como si se pudiera adivinar la falta de intenci贸n, la falta de cuidado de la simetr铆a o el sentido decorativo.

Colgados como obras de arte, como recuerdos, como los platos de la abuela sobre la pared, hay instrumentos, im谩genes, pedazos de muebles, pinturas que se extienden por todo el espacio, como algunas iglesias reservan en los pasillos de su interior, sectores dedicados a distintas figuras sagradas donde los concurrentes depositan sus plegarias y agradecimientos.

Peque帽as criptas ahora reconstruidas con im谩genes del escudo federal, o de Per贸n, o de la bandera de un cuadro de f煤tbol, otra de las muchas im谩genes de Gardel.

 

 

Hay algo de la catedral que sorprende, adem谩s de su estructura, y es su men煤. Compuesto integralmente de propuestas vegetarianas, veganas y macrobi贸ticas, es por un lado admirable la progresi贸n en la oferta gastron贸mica, que ofrece de pastas, ensaladas, woks de arroces y vegetales, empanadas, pizzas y brusquetas pero es igual de llamativo que un espacio tan tradicional no le dedique al menos una cuota de carta, a platos tradicionales como locros o guisos, carnes asadas o empanadas criollas.

Un detalle quiz谩, que no opaca la experiencia e invita a probar otros sabores que, en ese contexto, sugieren reflexionar sobre la confluencia entre las nuevas tradiciones e incorporaciones culturales, y las ya conocidas y establecidas.

Mi madre que es creyente, pero es a煤n m谩s admiradora de la belleza y la historia, suele decir que le gustan las iglesias que en su interior conservan una suerte de registro del paso de sus feligreses, de la fe, la plegaria y la celebraci贸n, de esa densidad acumulada en la que uno se introduce al ingresar. Y a esa sensaci贸n la llama: 鈥渆l peso del rezo鈥.

Hace ya casi 20 a帽os que la Catedral conserva, propone y circula y se mantiene como un espacio de culto, tanto de aquellos viajeros que arremeten a nuestras tradiciones con voracidad de registro y bohemia, como para quienes frecuentamos a un espacio de calma, e inspiraci贸n.

La Catedral protege entre sus paredes, entre sus grietas de polvo y vino y sus altares a la argentinidad, un agradecido secreto guardado: el de una porci贸n de historia.


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